El trato que unió nuestras vidas: Capitulo 7



Del infierno al Cielo

Me desperté al sentir la luz del sol contra mi rostro. Todo parecía una pesadilla pero sabía que no lo era, la cama estaba vacía y no había rastros de Edward en la habitación, su pantalón de pijama estaba en su lado de la cama. Entré al baño asegurándome de cerrar la puerta con seguro. Me di una ducha frotando mi cuerpo con más ímpetu del que lo hacía siempre; me vestí con un short y una playera de tirantes delgados.


¿Cómo en cuestión de minutos las cosas dan un giro inesperado y pasa de ser una noche agradable a una noche imposible de olvidar? Me senté en una de las sillas de la terraza, el mar parecía relajarme y el aroma era delicioso. Escuché la puerta cerrarse y mi cuerpo comenzó a temblar.

—Lo sentimos, pensamos que la habitación estaba vacía. —Respiré al notar que era una chica morena con el uniforme del hotel.

—No hay problema, pueden arreglar la habitación. —Le sonreí sabiendo que no había sido una verdadera sonrisa. La chica asintió y entró de nuevo a la habitación. Eran cerca de las diez y aún no había desayunado nada, entré a la habitación por el menú y lo solté al ver que Edward entraba en la habitación. Me observó de arriba a abajo, pero no dijo una sola palabra; fue hasta el armario, tomó un par de cosas y se marchó sin preocuparse en cerrar la puerta con cuidado.

— ¿Está bien? —Asentí recibiendo el menú que la chica me extendía, lo dejé en su sitio y volví a salir a la terraza. El tiempo pasó sin darme cuenta, en mi mente se reproducían las imágenes de lo que pasó la noche anterior, causando así un escalofrío en mi cuerpo; las mucamas me informaron cuando se marcharon. El viento acarició mi rostro, me abracé a mi misma dejando escapar un sollozo lastimero.

La tarde pasó y yo solo estaba perdida observando el paisaje que se extendía delante de mis ojos. Entré a la habitación por el menú, pero mi estómago estaba hecho un nudo así que solo tomé una botella de agua, y regresé a mi sitio. Me quedé profundamente dormida, desperté para encontrarme con que había oscurecido y solo las luces del hotel y las piscinas brillaban. Me coloqué un short y una playera que encontré entre mis cosas, sabía que no era un pijama pero era lo único que podía utilizar para sentirme cómoda. El reloj marcaba las once. Me deslicé entre las mantas abrazando la almohada.

Escuché la puerta cerrarse y sabía que se trataba de Edward; entró en la habitación haciendo el mínimo ruido, fue al baño y después se metió en la cama sin decir una sola palabra.

A la mañana siguiente, me levanté cerca de las nueve para encontrarme con la cama vacía. Hice lo mismo del día anterior: estuve en la terraza mientras las mucamas arreglaban la habitación. Cuando se marcharon me deslicé en la cama, estaba cansada y sabía la razón, pero aún sentía ese nudo en mi estómago que me impedía comer. Me quedé dormida nuevamente.

Una dulce caricia en mi mejilla me hizo moverme, pero no quería abrir los ojos. Hundí mi rostro en la almohada. Abrí los ojos al sentir nuevamente la caricia. En cuclillas estaba Edward que me miraba con expresión seria, me estremecí y solo volví a intentar dormir.

— ¿Te sientes bien?

—Sí. —Contesté de manera cortante

—No creo que sea bueno que te quedes aquí encerrada —Lo ignoré y volví a cerrar los ojos—, veo que te quedarás.

Escuché que salía nuevamente dejándome sola. Me levanté al baño y por una nueva botella de agua, bebí poco más de la mitad antes de volver a mi cama y acurrucarme, dejando que el tiempo pasara y pudiera volver a casa. La puerta se cerró de golpe y en unos segundos después sentí un par de manos ciñéndose en mis brazos, levantándome levemente de la cama.

— ¿Qué pretendes Isabella? —Lo miré sin comprender— Me dijeron que no has pedido nada de comer.

—Solo déjeme. —Susurré.

— ¿Por qué no has comido nada? — Su voz se había suavizado y me dejó nuevamente sobre la cama.

—No tengo hambre —abracé una de las almohadas.

— ¿Es por lo sucedido? ¡Qué estúpido!, ¿cómo puede ser por otra cosa? —Se sentó al borde de la cama, dándome la espalda y cubriendo su rostro con sus manos— Bella…

—Sé que tienes derecho a estar molesto.

—No lo estoy, estoy horrorizado por lo que hice, no tenía derecho a hacerte sentir de esa manera, no soy un monstruo, Bella. —Me incorporé y me acomodé junto a él, quien pareció no darse cuenta.

—Si no estabas molesto, ¿por qué…

—Creí que lo menos que necesitabas era que invadiera tu espacio, después de la manera en que lo hice la otra noche. —Me interrumpió.

—Es solo que en el momento no me sentí lista, me dio pánico y el hecho de que no te detuvieras me… —Cubrí mi boca para no dejar escapar un sollozo.

—Jamás te lastimaría pequeña, yo… —Coloqué un dedo sobre sus labios y tomé una gran bocanada de aire para darme valor.

—Esto es algo de lo que ya habíamos hablado y yo había aceptado, pero comprende que todo esto no es como yo lo deseaba, aún me es difícil asimilar todos los cambios, yo jamás… yo jamás he estado con alguien.—Apreté las mantas debajo de mis manos y miré hacia abajo, observando mis pies. Esperaba una risa en cualquier momento, Tanya decía que no era una chica normal, que eso de mantenerse virgen hasta el altar ya era pasado, pero yo lo había querido así.

—Cuando dices que no has estado con nadie, te refieres a…

—Soy virgen. —Le interrumpí, mordí mi labio dejando que las lágrimas bajaran por mis mejillas.

— ¿Por qué no me lo dijiste? —Giré mi rostro al ver que se había colocado en cuclillas e intentaba que nuestras miradas se encontraran; tomó mi mentón y me obligó a verlo.

—Con eso que no tuvimos tanto tiempo para conocernos, además esto es algo íntimo. —Susurré.

—Sé que es algo íntimo, pero no olvides que en este momento eso también me concierne a mí. —Me abrazó sin hacerme daño. Me estremecí en un principio al recordar la última vez que había sentido su cercanía, pero aunque no lo quisiera, me trasmitía cierta tranquilidad. — Vamos a que comas algo.

—Yo…

—No acepto un no, necesitas hacerlo, además es horrible que te encierres en la habitación cuando estás en un paraíso.

—Me iré a cambiar. —Besó mi frente.

Minutos después salimos de la habitación; agradecí que me mantuviera firmemente agarrada de la cintura ya que sentía mis piernas como gelatina. Comí mariscos acompañados de un buen vino, el nudo había comenzado a desaparecer, pero aún estaba nerviosa.

—Veo que la comida es de tu agrado. —Levanté la mirada y lo observé mirándome. Limpié la comisura de mis labios y asentí, viendo que él ya se había terminado el suyo.

— ¿Siempre comes así de rápido? —Solo se encogió de hombros.

Después de esa comida me sentía con fuerzas renovadas. Caminamos por los alrededores del hotel disfrutando cada una de las cosas que tenía para ofrecer. El viento golpeando nuestros rostros y el aroma del mar era agradable. Entramos al acuario y pude disfrutar de las hermosas especies que había; le señalé un par de peces que parecían bastante graciosos y él sonrió de lado.

— ¿Ves a esa niña pequeña? —Me preguntó en un susurró, señalando a una pequeña que estaba pegada al cristal observando a los peses de colores.

— ¿Que tiene de especial?

—Te pareces a ella, solo te falta pegarte al cristal —Me sonrojé y bajé la mirada, de nuevo me estaba comprobando que era una niña junto a él. — Pero eso te hace única, ¿ya viste los tiburones? —Tomó mi mano y me llevó hasta donde estaban un par de ejemplares.

Disfrutamos del resto del acuario. Me mantuvo abrazada besando mi cabello un par de veces; era un lugar relajante aunque se notaba más familiar ya que había muchos niños asombrados viendo los peces. Salimos y continuamos con nuestro recorrido, llegamos hasta uno de los muelles y me detuve para sentir la brisa, los brazos de Edward me rodearon dejando descansar su mentón sobre mi cabeza, mi cuerpo seguía reaccionando a su cercanía. Me soltó y lo observé ayudar a bajar a una pareja de ancianos que descendían de una pequeña embarcación. Sonreí al ver que la señora acariciaba su mejilla y el hombre solo negaba sonriendo, me acerqué cuando él me hizo una seña.

—Es un chico caballeroso, eso me recuerda que tú no lo eras conmigo. —Miró a su esposo entrecerrando los ojos.

—Gracias muchacho, ahora querrá que me comporte como tú. —Dijo el señor burlándose.

— ¿Y vienes solo? —Él negó, rodeó mi cintura estrechándome contra su cuerpo.

—Vengo con mi esposa —Besó mi sien.

—Mira David se ven tan lindos, ¡apuesto a que están de luna de miel! —Yo asentí envolviendo la cintura de Edward con mis brazos.

—Ves David, y tú que solo me llevaste a Santa Mónica.

—Muchacho, tú solo le haces recordar que nuestro comienzo no fue demasiado bueno.

—Pero se nota que han sido muy felices. —Les señalé lo obvio y ellos sonrieron.

—De eso no me puedo quejar. —Sonrió alegremente la señora.

—Que les parece si aceptan cenar esta noche junto con mi esposa y conmigo. —Los invitó Edward; ellos se negaron en un principio, pero como siempre, mi esposo era demasiado persuasivo y los convenció. Era raro invitar a unos extraños, pero eran una pareja muy simpática, además no tenía nada de malo.

Me di una ducha y me vestí con un hermoso vestido de strapless con estampado de flores, unas sandalias altas y el cabello adornado con un par de prendedores; me maquillé un poco.

—Te ves hermosa.

—Gracias, también te ves bien. —Intenté regresar el cumplido.

—No hay comparación, pequeña.

Fuimos al restaurante de comida internacional en el que habíamos quedado de encontrarnos. Nos asignaron una mesa cerca de una de las paredes de cristal por donde podías observar los peces. A los pocos minutos llegaron nuestros nuevos amigos. No podía dejar de reír al ver a Julia avergonzar a su esposo. Ambos nos platicaron todo lo que habían vivido. Al casarse no tenían mucho dinero por lo que su luna de miel no había sido lujosa, pero poco a poco los negocios mejoraron y les permitió tener una vida llena de satisfacciones al igual que sus cuatro hijos, todos casados; eran felices y lo reflejaban. Nos contaron de sus nietos.

Platicamos un poco de nosotros ya que no había mucho de qué hablar. Podría decirse que comenzamos las cosas al revés, nos habíamos casado, ahora solo faltaba conocernos más a fondo.

Nos despedimos de la pareja que se marcharían al día siguiente. Nos hicieron varias recomendaciones, algunas de ellas me causaron mucha risa, pero había cierta verdad en ellas. Habían logrado relajarme y ahora ya estábamos saliendo del ascensor hacia nuestra habitación; apenas atravesé el umbral una extraña sensación invadió mi cuerpo. Entré al baño y me coloqué lo que había utilizado la noche anterior para dormir, ni loca utilizaría las prendas reveladoras que habían empacado para mí. Me acomodé de mi lado de la cama y a los pocos minutos Edward se acomodó del otro extremo. Nos deseamos buenas noches y la habitación se sumió en un profundo silencio, intenté dormir, pero no podía hacerlo.

La plática que había mantenido con Edward me había mostrado que no era tan malo como creía, él estaba arrepentido por lo que había sucedido, pero eso no significaba que podía olvidar que casi me había violado; un sonoro suspiro se escapó de mis labios, me resigné al no poder dormir. Tomé una botella de agua y salí a la terraza con la esperanza de poder conciliar el sueño. Me quedé apoyada en el barandal observando hasta donde mi vista me permitía, a esta hora se escuchaba hasta el sonido de las olas al llegar a acariciar la fina arena.

— ¿No puedes dormir? —Me giré para encontrarme a Edward. Me sonrojé al notar que solo llevaba un bóxer y su cabello estaba más alborotado.

— ¿Qué haces tú despierto? —Se acercó y se recargó en el barandal junto a mí.

—Vi que no estabas y pensé que habías huido. —Sonrió, aunque esa sonrisa no le llegó a sus ojos.

—Solo salí a tomar un poco de aire fresco, el sonido de las olas es relajante. —Vi como asintió.

—Fue agradable cenar con Julia y David.

—Agradables personas. —No pude reprimir las ganas de reír al recordar la manera en que Julia le recriminaba a David su falta de atención en pequeños aspectos.

—Ya no hallaba que decir para no perjudicarlo. —Sonrió abiertamente, recargando la espalda en el barandal.

—Pero a pesar de todo eso, ellos se adoran, tienen una familia y cumplieron sus sueños juntos. —Dejé escapar un suspiro.

—En eso tienes razón, ellos se adoran. Debe de ser una fortuna encontrar a esa persona con la que compartir el resto de tu vida. — Fue extraño escucharlo hablar de esa manera.

—Sí, debe de ser grandioso. —Crucé los bazos contra mi pecho.

—Bella, sé que lo esa noche no debió de suceder.

—No debió de suceder de esa manera, me asusté. —Susurré lo último, regresando la vista a la oscuridad de la noche.

—Debiste de decirme ese detalle.

— ¿Tú también piensas que ser virgen a esta edad es una estupidez? —Se colocó nuevamente junto a mí, dejando que su brazo rozara el mío.

—Creo que eso te hace mucho más especial. —Susurró provocando que mis ojos se cerraran. — Eres una chica diferente, no te importa lo que los demás piensen de ti, lo haces porque eso te hace sentir bien a ti. En la actualidad es difícil encontrar a una mujer con tu manera de pensar.

—Los que saben que yo… bueno, que sigo siendo virgen, dicen que es una estupidez y una pérdida de tiempo, que debía de aprovechar ya que después me podría convertir en una mujer gruñona y amargada.

— ¿Eso quiere decir que no lo eres aún? —Le saqué la lengua y él sonrió.

—No lo soy, o eso creo.

—Claro que no lo eres —Acarició mi mejilla—. Vamos a dormir.

—Sí, creo que ya tengo un poco de sueño —Tomé su mano y me dejé guiar de vuelta a la habitación, su mano apretó más fuertemente la mía.

—Bella después de lo de esa noche no te voy a obligar a nada, no deseo que vuelvas a sentirte de esa manera. —Me giré, logrando solo ver el relieve de su rostro, la única luz que penetraba la habitación era de la luz de la terraza que habíamos olvidado apagar.

— ¿Eso quiere decir que buscarás a alguien más con quien pasar la noche? —Me solté de su agarre.

— ¿Eso te molesta? —Sus manos estaban en mis brazos, sin hacerme daño de un solo movimiento me hubiera librado de su agarre, pero no lo hice. No creí poder soportar saber que él se acostaba con otra mujer, pero tampoco sabía si debía de aceptar acostarme con él.

—Edward. —Mi voz apenas fue audible. Se acercó a mi rostro, sus labios tocaron los míos, pero no fue como esas veces que se mostraba posesivo, no, era dulce y me estaba desarmando. Mis dedos acariciaron suavemente su pecho, se separó haciendo que me perdiera en esos ojos verdes.

—No te obligaré a nada pequeña. —Besó mi frente y me dejó ahí de pie.

—Solo estaba asustada, todas lo están su primera vez, o al menos yo si lo estaba.

— ¿Es lo que creo que…?

—Nada. Buenas noches. —Lo interrumpí y me deslicé entre las mantas. En este momento sentía lo que era el rechazo, ¿tenía que hacerme a la idea de saber que estaba con otra mujer o tendría el valor para entregarme a él, de una manera que posiblemente después me arrepentiría?

Los minutos pasaron, después de esto mi sueño se acababa de escapar nuevamente. Sentí la cama moverse, un claro indicio de que Edward había vuelto a la cama. El colchón se hundió bastante cerca de mí; me giré y vi que mantenía su rostro apoyado en su mano. Pareció sorprendido al verme despierta.

—Hola. —Fue lo único que se me ocurrió decir para romper el silencio.

—Pensé que estabas dormida. —Tomó un mechón de cabello y lo acomodó detrás de mi oreja.

—El sueño me abandonó de nuevo. —Se acercó un poco más y deslizó su dedo por mi mejilla, cerré los ojos disfrutando de la agradable sensación que producía. Sus labios se unieron a los míos, de nuevo era lento, los entreabrí permitiendo el acceso de su lengua. Deslicé mi mano entre la suavidad de su cabello y acomodé mi cuerpo junto al suyo sintiendo como me estrechaba más cerca.

—Bella —Su respiración estaba agitada al igual que la mía, sus ojos se habían oscurecido a causa del deseo.

—Tengo miedo… —Gruñó pero su brazo abandono mi cintura muy lentamente, tomé su rostro entre mis manos —pero quiero hacerlo.

—Sabes que dicen que la primera vez no se olvida. —El tono de su voz y su aroma me hacían perderme.

—Lo sé, pero quiero hacerlo. —Tuve que desviar mi mirada para no verlo directamente a los ojos, estaba avergonzada por mis palabras, había escuchado un sinfín de veces que la primera vez no se olvidaba y por primera vez quería hacer algo sin pensarlo demasiado.

— ¿Segura? —Asentí sabiendo que estaba sonrojada, su sonrisa hizo mi corazón saltar—, seré dulce amor, solo relájate ¿está bien?

—Edward. —Su mirada se posó en la mía y yo solo sonreí abiertamente.

Continuó besándome de manera dulce, pero de una manera más profunda que me quitaba el aliento. Sus manos me acariciaban por encima de la ropa; al tocar la curva de mis senos no pude evitar una exclamación provocando que se separara de mí.

—Estoy bien —susurré contra sus labios percatándome que mi voz, al igual que la de él, se había vuelto ronca.

Mordió mi cuello con extrema suavidad, sin que sus manos dejaran de delinear las curvas de mi cuerpo. Me perdí en la sensación que me provocaba el sentir sus labios contra mi piel. Abrí los ojos con sorpresa al percatarme de que me estaba quitando la playera, bajé un poco la mirada y noté que mi short había desaparecido, estaba delante de él en solo un conjunto de encaje negro que contrastaba con mi piel. Posó su dedo sobre mis labios sabiendo que iba a decir algo. Besó los contornos de mis senos, esa pequeña parte expuesta; deslizó sus manos por mi espalda y sentí cuando desabrochó mi prenda superior, cerré los ojos al momento que la quitó de mi cuerpo. Mordí fuertemente mi labio pero no pude evitar el gemido que se formó en mi garganta y que fue completamente audible, sus labios se habían cerrado en torno a uno de mis duros pezones, además una mano se había adentrado debajo de mi prenda inferior, tocando aquella parte de mi anatomía que nadie más había explorado.

Me armé de valor y comencé a acariciar sus brazos y la parte de su pecho que tenía cerca. Sus pezones estaban duros al igual que los míos, los acaricié con la punta de mis dedos logrando que un ronco gemido se desprendiera de sus labios. Se separó de mi cuerpo y observé cuando se deshacía de la única prenda que cubría su cuerpo. Se acomodó sobre mí sin aplastarme y una extraña sensación, como si de un hormigueo se tratase, me recorrió el cuerpo cuando algo duro acarició mi vientre; gemí al percatarme de lo que se trataba. Era virgen, más no tonta. Su lengua acarició mi cuello, mientras me quitaba la única prenda que tenía puesta, dejándome así expuesta bajo su cuerpo. Una de sus piernas luchaba por meterse entre las mías, al lograrlo su mano se posicionó en ella, y deslizándose con extremada lentitud tocó una pequeña protuberancia que me hizo soltar un grito tanto de sorpresa, como de placer, lo acarició unos segundos más y cuando lo dejó mi respiración era acelerada. Un dedo penetró en mi interior y lo movió con lentitud; a los pocos minutos agregó uno más, moviéndolo a su vez. La sensación era indescriptible

Mordió el lóbulo de mi oreja erizando mi piel. Su mano abandonó mi interior y acarició mis muslos separándolos suavemente, era una dulce petición que acaté sin oponerme en lo absoluto.

La dureza de su miembro la sentí en ese punto donde antes habían estado sus dedos, sentí un poco de presión pero nada que no pudiera resistir.

—Relájate pequeña, entraré lentamente y me detendré si me lo pides. —Asentí sin dejar de ver la profundidad de sus ojos que se habían oscurecido totalmente. En nuevo movimiento y lo sentí entrar. Un repentino dolor punzante me hizo morder mi labio y encajar mis uñas en la espalda de Edward. — ¿Duele?

—Un poco. —Murmuré, noté sus intensiones de separarse. — No, no te detengas, hazlo.

—Relájate. —Se apoderó de mis labios y apretó uno de mis pezones con su mano al momento que entraba un poco más; el dolor era punzante. Hizo un poco más de presión y el dolor se extendió, a tal grado que me quedé congelada. Cerré mis ojos mientras una lágrima bajaba por mi mejilla. Se quedó inmóvil dentro, abrí los ojos al sentir sus labios limpiar mis lágrimas. Mi cuerpo comenzó a relajarse y en ese momento sentí el primer movimiento en mi interior. Mantuve los ojos cerrados, experimentando esa sensación de dolor que poco a poco le daba paso a una mucho más placentera, era como si tocara ciertos puntos que desencadenaban una corriente por todo mi cuerpo. Fue aumentando sus movimientos, dando paso a un infinito placer. Mi cadera se movía al mismo ritmo que la suya. Dejé escapar un par de gemidos sin soltarme de su cuello.

— ¿Te gusta? —Gruñó contra mi oído.

—Edw… Oh…—Fue lo único que salió de mis labios, él dejó escapar un gemido bastante audible.

Mordió mis senos sin dejar de entrar y salir de mi interior. Solo nuestros gemidos inundaban la habitación. Al principio me había avergonzado por dejar salir esos sonidos de mi garganta, pero en este momento no podía controlarme y no me importaba. Un fino sudor cubría nuestros cuerpos.

Abracé fuertemente a Edward, pegando mi pecho contra el suyo al momento que sentía como mi interior se contraía. Un grito escapó de mis labios.

Se giró dejando su espalda contra el colchón, quedando yo sobre él. Noté su mirada viajar hasta mi pecho y en ese momento por primera vez sentí vergüenza de mi desnudez, mis mejillas comenzaron a arder.

—Inclínate hacia mí, amor. —Su voz estaba aún más ronca.

Sus labios capturaron los míos en un beso posesivo pero lleno de pasión, colocó una de sus manos en mi nuca profundizando el beso. Comenzó a mover su cadera con mayor velocidad, entraba aun más profundamente. Me separé de sus labios para tomar aire y gemir ante las sensaciones que se abrían paso en ese momento; sus manos apretaron mi cadera y mordió mi cuello al momento que algo llenaba mi interior. Me desplomé sobre él, ocultando mi rostro en el hueco de su cuello; ambas respiraciones eran erráticas. Nuestros cuerpos estaban pegajosos. Se movió con cuidado y lo sentí salir de mí. Me acomodé a su lado, ya que supuse era incómodo que yo permaneciera sobre él.

Quitó las mantas de su cuerpo y se levantó, rodeó lo cama e hizo lo mismo conmigo, me tomó en brazos y me llevó hasta la ducha la cual abrió, saliendo de ella agua tibia. Me sentía extraña en esta situación, estaba desnuda y sus ojos recorrían cada milímetro de mi piel. Aunque estaba de espaldas a él, sentía su mirada penetrante. Crucé mis brazos contra mi pecho cubriéndolo. Me giró suavemente, dejándome frente a él, una sonrisa adornaba su rostro; bajé mi mirada, lo cual creo no fue una excelente idea, por primera vez vi el tamaño de su miembro y no comprendía como algo de esa magnitud había entrado en mí.

—No te cubras pequeña, eres hermosa. —Separó mis brazos de mi pecho, yo solo negué—. Lo eres, pequeña, demasiado hermosa.

—Mientes. —Levanté la mirada nuevamente, tomó mi rostro entre sus manos y me besó con pasión. Algo suave recorrió mi espalda y el resto de mi cuerpo, cuando terminó, cerró el paso del agua y me envolvió en una toalla. Secó cada milímetro de mi piel húmeda, e intenté hacerlo yo misma, pero él me lo impidió. Después hizo lo mismo con su cuerpo y regresamos a nuestra habitación.

Mis mejillas ardieron nuevamente al notar la cobija en el suelo y las sabanas revueltas, la acomodó en un movimiento y me dejó deslizarme dentro. Él se me unió en seguida; me atrajo a su cuerpo, envolviéndome con uno de sus brazos y recostándome en su pecho. El sueño me venció y me dejé llevar. Me pareció escuchar un "te quiero", pero no era confiable, ya que bien podía ser solo un sueño.

Me desperté al sentir los rayos de sol calentar mi piel, y unas caricias en mi espalda. Abrí los ojos y me encontré recostada sobre el duro pecho de mi esposo, mi brazo rodeaba su cintura y una de mis piernas estaba situada entre las suyas. Era una posición cómoda, además el aroma masculino que desprendía era embriagador. Se movió lentamente para besar mi cabello.

—Buenos días pequeña. —Levanté mi mirada sin saber si deseaba hacerlo.

—Buenos días. —Le sonreí, se inclinó y yo levanté mi rostro rompiendo la distancia y besando sus labios. Me tomó de los brazos y me levantó hasta quedar a su altura. Pasé mis brazos por su cuello envolviéndolo, mientras él me apretaba contra su cuerpo, me separé en busca de aire y sonreí ante la fina caricia de sus dedos en mi mejilla.

— ¿Cómo te sientes?

—Adolorida. —Oculté mi rostro en el hueco de su cuello. Era verdad, estaba completamente adolorida, había partes de mi cuerpo que ni siquiera sabía que podían doler de esta manera. Su risa amortiguada y la manara en que me apretó contra su cuerpo, me hicieron estremecer.

— ¿Te apetece mimarte un poco? —Asentí sin separarme del lugar, tan cómodo donde estaba. Mis dedos delineaban su pecho sintiendo su respiración acelerarse— ¿Sabes lo que estás provocando, amor?

—Lo siento. —Me quedé inmóvil. Levantó mi rostro para apoderarse de mis labios. Comenzó con dulzura y poco a poco se transformó en un beso lleno de pasión. Sus caricias se intensificaron, logrando que mi cuerpo comenzara a reaccionar con ansiedad. Aún había un poco de dolor, pero valía la pena por las sensaciones recientes. Tomó la pierna que estaba entre las suyas y la colocó del otro lado de su cuerpo dejándome sobre él. Me separé tomando aire en lo que su lengua acariciaba mi cuello. Unió nuestros labios haciendo que me perdiera. Entró de un solo golpe logrando que un grito más fuerte se me escapara y mi cuerpo se quedara quieto, abrí los ojos y noté el temor en los suyos; comencé a moverme hasta que él se me unió, era en perfecta sincronía y como la noche anterior me llevó hasta el límite.

Nos dimos una ducha para después bajar a desayunar. Era un hermoso día y yo me sentía feliz. Edward decidió ir a jugar un poco de golf en lo que yo me mimaba, un par de masajes relajantes y tomar el sol junto a la piscina era una manera esplendida de hacerlo.

Después de mi mañana relajante nos reunimos para comer, lo vi acercarse hasta la mesa en la que me encontraba y noté el par de miradas que levantaba a su paso, pero él ni se inmutó. Cuando nuestras miradas se cruzaron el sonrió abiertamente, se inclinó posando su mano en mi nuca y fui yo quien rompió la distancia que había entre nosotros. Esa fue la primera tarde que disfrutamos al máximo, estuvimos en la alberca disfrutando de la calidez del agua, lo hundí un par de veces y como consecuencia me gané un par de besos.

Después de cenar fuimos a dar un paseo por la playa, nos sentamos escuchando las olas al romper. Apoyé mi cabeza en su hombro y comenzamos a platicar de algunas cosas que para algunos podían restar de importancia, pero que para nosotros la tenían; era nuestro momento de conocernos y abrirnos si queríamos que esto funcionara, ya habíamos comprobado que nos compenetrábamos espléndidamente en la cama.

—Vamos a nuestra habitación. —Susurró besando mi cuello. Era claro lo que pretendía, y aunque lo quisiera negar, era una experiencia que no me cansaría de repetir.

—Sí —Me ayudó a levantarme. Entrelazó nuestras manos y nos fuimos a nuestra habitación. Reí por lo bajo en notar como presionaba varias veces el botón del ascensor, pero este no llegaba, un minuto después volvió a presionarlo—. Si sigues haciendo eso, lo vas a descomponer. —Me reí a lo que él bufó.

En menos de cinco minutos ya estábamos fuera de nuestra habitación, y como si hubiera una conspiración en nuestra contra su celular comenzó a sonar. Dijo algo entre gruñidos pero contestó solo para darme cuenta de que era Esme; se sentó en el borde de la cama mientras contestaba solo con monosílabos. Yo estaba buscando que usar esta noche. Mordí mi labio inferior al notar que ahí estaban las prendas que me habían empacado mis amigas en conjunto con mi madre.

Tomé un camisón que a juzgar por el tamaño solo debía de cubrir lo necesario: era un diminuto conjunto de ropa interior de un color perla con encaje, lo cogí y me dirigí al baño para cambiarme. Me mantuve un momento delante del espejo observando que efectivamente el camisón apenas y cubría lo necesario, podría sonar tonto pero no me atrevía a salir y dejar que Edward me viera con tan poca ropa.

Tomé una bocanada de aire y verifique que la bata estuviera atada para que no dejara nada al descubierto. Abrí la puerta con cuidado y me sorprendió no encontrarlo en la recamara, eso me daría tiempo de meterme en la cama sin que él se percatara de lo que llevaba puesto, acomodé las mantas y retiré la bata.

—Lindo camisón. —Salté a la cama y me cubrí con las mantas hasta el pecho, logrando que él soltara una carcajada, se acercó lentamente, desasiéndose de su ropa para entrar en la cama conmigo. —Mi madre te manda saludos. —Besó mi hombro.

— ¿Está todo bien?

—Solo llamó para ver que tú estuvieras bien. —Me acomodó sobre él, introduciendo sus manos debajo de la tela. —A ella parece que le importa más como está su nuera, que su hijo.

—Parece que después de todo, tu mamá teme que te puedas aprovechar de mí.

—Parece que sí, ahora solo quiero que me digas porque no habías utilizado este hermoso camisón.

—Es demasiado pequeño para mi gusto. —Hice un mohín.

—Para mí es perfecto, aunque si me lo permites hay algo que me gusta más. —Enarqué una ceja, pero comprendí a lo que se refería cuando me quito el camisón dejándome solo con el pequeño calzoncillo de encaje.

— ¿Qué crees que haces? —Me pegué a su pecho intentando cubrir la desnudez del mío, pero solo conseguí sentir su piel tibia y suave.

—Solo te muestro algo de lo que me gusta, además de que no entiendo por qué te avergüenzas cariño, ya te he visto desnuda y debes de recordar que eres hermosa —dejé que sus manos y sus labios recorrieran cada parte de mi cuerpo, me rendí ante las sensaciones que solo él era capaz de conseguir.

Los días pasaron y con ellos conocía un poco más a Edward, que se abría hacia mí de la misma manera que yo lo hacía con él. Las noches eran la mejor parte, sentir su cuerpo sobre el mío y la manera en que nos acoplábamos era una sensación que me gustaba sentir; me había enseñado diferentes maneras de disfrutar del placer que me proporcionaba. Los días los disfrutamos divirtiéndonos en las atracciones que tan hermoso lugar nos proporcionaba. Lo había reprendido un par de veces ya que estando en la piscina había sentido sus manos viajar demasiado lejos, o porque cuando tomábamos el sol sus labios no abandonaban mi piel, logrando que un calor creciera en mi interior. Mi esposo para ser un hombre maduro de treinta y dos años tenía las hormonas como un adolescente de quince, pero no es algo de lo que me queje, me gustaba pero aun así había límites… aunque por ahora podía soportarlo.

...

Gracias por leer mis locuras, y a mi beta Andrea quien se encargo de corregir este capítulo para que fuera mas legible y no estuviera plagado de faltas de ortografía. 

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