Mi nueva vida con un playboy: Capítulo 20



El fin de la espera.


Las siguientes semanas Edward acudía a visitarme y pasar tiempo con nosotros. Nos había acompañado a comprar las cunas y él sucumbió a comprar un par de ropitas para los pequeños, elegidas por Annett y él. Los gastos los dividimos; él se había empeñado en querer pagar todo y yo también por lo que terminamos en una discusión en la que ninguno parecía darse por vencido motivo por el cual mi madre había optado por dar una pequeña alternativa. Cada uno pagaría lo correspondiente a un bebé, como si fuera un bebé para cada uno, algo que se escuchaba ridículo pero que funcionó.


Cada día estar con ellos era más agradable. Él en verdad estaba cambiando, se estaba interesando por las tareas del rancho y ya hasta tenía pláticas con mi padre donde ambos discutían sobre el mejor manejo del lugar. Estaba aprendiendo a montar y hasta estaba involucrándose en el entrenamiento de los caballos; Con Annett nos divertíamos viéndolo, era obvio que no era su mundo pero estaba haciendo todo por encajar. Edward aún estaba a cargo de la empresa familiar pero lo hacía ya sin estar en las oficinas, estaba aprendiendo a delegar tareas y solo se presentaba cuando eran asuntos de suma importancia, había viajado un par de veces a New York para firmar unas transacciones y compras.

Era un cambio agradable, además de que me estaba permitiendo pasar tiempo con Annett que había resultado ser esa pequeña encantadora que había visto el primer día.

Los muebles llegaron y Edward junto con mi padre estaban subiéndolos a la habitación mientras que yo junto con mi madre les indicábamos donde colocarlos, Edward lucía bastante sexy en la tarea, el cabello alborotado, los primeros botones de su camisa desabrochados permitiéndome una vista a su pecho y notaba como sus músculos se marcaban. Mis padres se disculparon por tener que salir pero yo sabía que lo que buscaban era dejarnos a solas para que juntos termináramos con la decoración de la habitación de los niños.

— ¿Aquí? —preguntó Edward mirándome.

—Un poco más a la izquierda. —asintió moviéndola. — A la izquierda Edward.

—Eso hago. — me miró enarcando una ceja.

Mi izquierda. — resopló y la movió como se lo había indicado. —Perfecto.

Levantó los brazos en señal de triunfo y continúo estirándose para después dejarse caer en el sillón que estaba cerca de las cunas. Me senté junto a él y masajeé su cuello suavemente dejando que un suave gemido saliera de sus labios. Nos miramos unos segundos sonrojados y parecía que una especie de atracción se estaba apoderando de nosotros, sus ojos se apartaron de los míos para ir a mis labios, me sentí nerviosa pero no hice nada por apartarme cuando él comenzó a inclinarse.

— ¿Ya terminaron? —preguntó mi madre que entró en ese momento con dos vasos de agua. —Pensé que los necesitarían.

—Después de este trabajo tan agotador. —dije como si hubiera sido yo la que acomodaba las cosas.

—Sobre todo lo que moviste. — protestó Edward con una sonrisa. — seguro que eso de dar órdenes es muy pesado.

—Me lo dice alguien que lo sabe muy bien. — contraataqué, se sorprendió y dejó escapar una sonora carcajada.

—Tú ganas preciosa. —me sonrojé al ver como mi madre sonreía ante la manera en que me había llamado.

Al día siguiente Annett permaneció conmigo ayudándome a acomodar la ropita de los bebés en los cajones y algunos juguetes en las repisas, pero lo mejor fue a media tarde cuando me senté a descansar en el sofá y la niña se sentó junto a mí y acomodó su cabecita en mis piernas para después pedirme que le leyera un cuento, comencé con una historia haciendo que ella lentamente se fuera quedando dormida. Me mantuve acariciando su cabello y divagando.

En todas estas semanas tanto Annett como Edward eran esenciales y ya no me veía teniéndolos lejos. El cambio de Edward era prometedor y daba una esperanza, pero si tan solo pudiera confiar realmente en él, todo sería muy diferente, una parte de mi aún no se fiaba de él y sabía que después de todo lo que me había hecho no debía de hacerlo, aún era muy pronto para perdonarlo de verdad, antes debía de demostrar que el cambio era real y no solo para que yo creyera en él.

—Así que aquí esta esa pequeñita. — levanté el rostro para ver a mi padre que entró haciendo el menor ruido para no despertarla, en pocos días Ann se había ganado el cariño de mis padres. — Quería mostrarle lo que le compré.

— ¿Le compraste algo? — me sorprendió.

—Cuando despierte puedes acompañarla para que vean su sorpresa. Seguro que le encantará. — me dio un beso en la mejilla y otro a la niña que descansaba en mis piernas que solo se removió. — sigue practicando en tu tarea de mamá, que ya te falta poco para la llegada.

—Ni que lo digas. — respondí con cautela, ya estábamos a finales de mayo y eso indicaba el poco tiempo que faltaba para la llegada de unos pequeñines que cada día se movían más.

Cuando finalmente Annett despertó me miró con sus ojitos somnolientos, me sonrió y me dio un beso, algo que me tomó desprevenida pero que me gustó. Le hablé de la sorpresa que le tenían preparada, me tomó de la mano y aunque estaba ansiosa no se echó a correr porque sabía que yo no lo podía hacer, encontramos a mi padre en la cocina robando lo que mi madre estaba preparando.

—Creo que alguien sabe de su sorpresa. — mi padre la tomó en sus brazos, le dio un beso a mi madre y salió por la puerta.

—Yo también voy. No caminen tan rápido. —protesté tratando de alcanzarlos.

Nos tomó solo tres minutos llegar al establo donde mi padre bajó a Annett y tomó su mano, caminó hasta el final donde abrió una de las puertas donde estaban los ponis, ahí siempre permanecían solo dos, pero ahora había uno más de un lindo color caramelo.

— ¿Te gusta? — la niña miró a mi padre sin comprender pero yo estaba muy emocionada, él la había aceptado por completo y ya la hacía parte estable en nuestra vida o de lo contrario no hubiera comprado el poni. —Es tuyo Ann.

— ¡Es mío! — chilló emocionada y se acercó cautelosa al animal que dejó que lo tocara.

—Todo tuyo Ann. — Le dijo mi padre para después abrazarme y susurrarme — Creo que le encanta.

—Sin duda. Gracias papá.

—No tienes nada que agradecer cielo. — me dio un beso antes de ir junto a la niña que no paraba de hablar.

Un ruido llamó mi atención así que me alejé de donde estaba y me acerqué a la entrada donde tuve que sostenerme de lo primero que encontré para no caerme de la risa, en un montón de heno estaba Edward maldiciendo, su ropa estaba manchada de barro y ahora el heno se había adherido dándole una apariencia de espantapájaros, parecía que los roles se habían invertido.

— ¿Quién es el espantapájaros ahora? — me miró ceñudo y después soltó un carcajada. — ¿Qué te sucedió?

—Ese animal me derribó un par de veces. —señaló al caballo que estaba al otro extremo: un hermoso semental negro.

— ¿Cómo pudiste montarlo?, ¿Querías que te matara? —lo reprendí al reconocer al animal que era bastante salvaje y con un temperamento difícil.

—Yo que iba a saber. —negué con la cabeza.

—La próxima pide a algunos de los hombres que te indique cual caballo es mejor para montar. Vamos a que te des una ducha. — me siguió hasta el interior de la casa donde mi madre al verlo se asustó pero después se destornilló de risa.

Lo dejé en mi habitación para que se diera una ducha en lo que buscaba algo que pudiera utilizar mientras metía su ropa a lavar. Mi madre que sabía lo que necesitaría me dio un par de prendas de Félix que había dejado olvidadas y que le vendrían bien a Edward. Cuando entré en la habitación él iba saliendo del baño con una toalla en la cintura. Mi mirada recorrió su cuerpo y ese detalle no pasó desapercibido por él que mostró su sonrisa torcida y se acercó para tomar la ropa que estaba sosteniendo y que se estaba moviendo por el temblor de mis manos.

— ¿Te pongo nerviosa? — preguntó acercándose más a mí y sentí como mis barreras comenzaban a flaquear.

—No lo hagas Edward…— pedí sin dejar de mirarlo, mi respiración se estaba haciendo más pesada conforme sentía como su cuerpo se pegaba más al mío y su rostro se acercaba, mi corazón palpitaba furiosamente como si se fuera a salir en cualquier momento de mi pecho.

—Bella…—susurró contra mis labios y yo aunque quería hacerlo giré mi rostro, el sucumbir solo le mostraba que él seguía manteniendo el control, algo que ya no tenía.

—Lo siento. — se disculpó.

—Creo que esta ropa te quedara bien mientras la tuya sale de la lavadora. —le dije entregándole la ropa y alejándome.

—Lo siento de verdad, solo…

—No te confundas Edward, el que sea amable no quiere decir que ya te perdoné. Eres padre de mis bebés y creo que ya quedó claro que te permitiré estar cerca de ellos, más nuestra relación no ha cambiado, ahora solo somos… amigos. —le dije notando como con cada palabra la seguridad que poseía iba desapareciendo. —Te dejo para que te cambien, no tardes ya que es casi hora de cenar.

Di media vuelta y me dirigí a la puerta pero antes de poder salir me llamó.

—Bella… No me voy a dar por vencido tan pronto, te quiero y quiero a nuestros hijos. Te demostraré que este cambio es real.

—Demuéstralo. —dije saliendo y alejándome de la habitación. Era verdad que aún sentía algo muy fuerte por él, pero ahora ya no era solo yo, estaban también mis bebés a los cuales no permitiría que lastimara.

La cena transcurrió con normalidad, solo con una inquieta Annett que no dejaba de hablar de su poni. Edward y yo nos mirábamos y notaba que mis palabras lo habían lastimado un poco, sabía que no debía de hacerlo pero no podía evitar hacerle pagar el daño que me provocó.

Durante las siguientes dos semanas todas parecían seguir su curso, Edward seguía tratando de demostrar que ya no era ese hombre engreído. Estaba cada vez más involucrado en las tareas del rancho y parecía que ya no temía el mancharse como el antiguo Edward. Estaba en el porche leyendo una revista mientras los demás llegaban para cenar cuando un fuerte dolor en el vientre me hizo gritar.

En cuestión de minutos estaba en la sala con mi madre que trataba de tranquilizarme, pero yo estaba asustada porque ese dolor no era conocido y temía que algo les sucediera a mis bebés.

—No te muevas cariño. — murmuró saliendo por la puerta dejándome sola con ese molesto dolor. ¡Como me dejaba sola!

La puerta se abrió de golpe y por ella apareció Edward que no esperó a que dijera nada, me tomó en brazos y me llevó fuera de la casa hasta su auto donde ya estaba mi madre y Annett.

—Tranquila cariño, en unos minutos estaremos en el hospital. — me besó en la coronilla dejándome junto a mi madre y después salimos del rancho hacia el pueblo. Al llegar me llevaron a una pequeña habitación donde mi ginecóloga me revisó e indicó que efectivamente eran contracciones ya que los bebés nacerían en este día.

—Mamá, tengo miedo. — dejé escapar un par de lagrimas. Tenía miedo ya que aún faltaban dos semanas para la fecha que teníamos prevista.

—Todo estará bien cariño, se que aún faltaba un poco, pero ya es seguro. —besó mi frente.

Durante todo el proceso Edward no se apartó de mi lado, me ayudó a levantarme a caminar un momento como me lo había indicado la doctora, frotó mi espalda y sostuvo mi mano tras cada contracción. Fue a las diez de la noche que me llevaron a quirófano ya que los bebés no estaban en buena posición y las contracciones eran cada vez más intensas.

—Todo estará bien. — me aseguró la doctora que me estaba atendiendo y yo confié en ella. Junto a mi estaba Edward que estaba más nervioso que yo, pero sostenía mi mano.

No pasó mucho tiempo cuando escuché un sonido que hizo contraer mi corazón y mis lágrimas se acumulaban en mis ojos, pero no fue hasta el segundo llanto que las lágrimas acariciaron mis mejillas.

—Son preciosos. — murmuró Edward que para mi sorpresa estaba pálido como si en cualquier momento se fuera a desmayar. Tomó grandes bocanadas de aire y decía cosas muy bajito lo que era claro que estaba hablando con él mismo.

—Felicidades mamá. — dijo una enfermera que me entregó a uno de mis hijos, era precioso, el cabello como el de su padre y mis ojos, segundos después llegó otra enfermera que dejó el otro pequeñín en brazos de su papá que ya estaba recuperando el color, me lo mostró y sonreí al notar que eran idénticos.

Cuando lo aparataron de mis brazos sentí como si perdiera una parte de mi, pero no me dio tiempo a quejarme ya que pronto caí en un profundo sueño del cual desperté pasada la media noche, ahí en una silla estaba Edward que parecía muy incómodo, me intenté mover pero solo conseguí un tironcito en mi interior que me hizo protestar.

—Hola hermosa mami. — me saludó dando un beso suave en mis labios y acariciando mi cabello. Estaba aún afectada por la anestesia como para reprenderlo por ese beso, pero la verdad es que aunque había sido apenas una caricia un hormigueo recorrió mis labios— ¿Cómo te encuentras?

—Desorientada y adolorida. — suspiré y llevé mis manos a mi vientre que había dejado de ser abultado. — ¿Cómo están?

—En perfectas condiciones, esperando que su mami despierte.

—Gracias por permanecer junto a mí. Pensé que te desmayarías. — soltó una suave risita.

—Estuve por hacerlo, lo mío no es ver todo eso. — se estremeció. — pero valió la pena y volvería a repetirlo. —fingió una tosecita al darse cuenta de lo que esas palabras significaban. — Les avisaré que estás despierta para ver si pueden traer a nuestros bebés.

Salió por la puerta dejándome sola con mis pensamientos. En unos meses mi vida había cambiado cuando lo conocí, después dio otro giro cuando acepté estar con él y cambió radicalmente en ese tiempo y ahora estaba cambiando de nuevo, pero esta vez parecía ser de una mejor manera. Tal vez era una señal.

Regresó en un par de minutos y tras él dos enfermeras empujando dos pequeñas cunitas donde estaban mis hijos, esos dos hermosos bebés que me habían mantenido de pie y que me habían hecho recuperar mi identidad poco a poco.

Llegó el momento de alimentar a mis bebés y me sentí un poco cohibida, pero Edward se giró para darme un poco de privacidad que agradecí, era una sensación completamente nueva y que me agradaba. Cuando uno quedó satisfecho Edward y yo intercambiamos, me entregó al que se acababa de despertar para que lo alimentara y yo le entregué al otro para que le sacara el aire, algo que pareció darle pánico y agradecí que una enfermera se lo explicara y lo ayudara.

Los dos bebés parecían idénticos como dos gotas de agua, eras preciosos y lo mejor es que eran… nuestros.

— ¿Cuáles son sus nombres? —preguntó meciendo a uno de los bebés. Me sonrojé al recordar cuales eran los nombres que había elegido.

—Edward y Anthony. — respondí tímidamente, él alzó su mirada y me vio con una sonrisa.

—Te rompiste la cabeza ¿eh? — me guiñó un ojo. —ahora elegir quien es quien y recordarlo.

Esa noche apenas pude dormir, estaba muy emocionada por los bebés, y bastaba cualquier sonidito para hacer que los mirara y comprobara que estaban en perfectas condiciones.

Habíamos ocupado ese tiempo en elegir que Edward sería el más pequeño y Anthony el mayor, solo esperaba que dentro de algunos meses encontrar alguna marca de nacimiento o algo en sus facciones que se modificara para poder distinguirlos en un futuro o de lo contrario estaríamos perdidos y ambos podrían hacer con nosotros lo que les viniera en gana.

Los primeros días fueron una locura, ambos lloraban al mismo instante y despertaban continuamente durante la noche, estaba agotada pero feliz por tenerlos. Edward que se estaba quedando en casa pero en otra habitación, me era de gran ayuda por las noches con los dos pequeños que estaban poniéndonos a prueba. Eran las cinco de la mañana y sabía que me sería muy difícil irme a la cama así que me quedé en la habitación de los bebés mientras Edward seguía meciendo a Anthony que parecía no querer dormir.

Cuando finalmente lo consiguió, lo dejó con cuidado en su cuna, lo arropó y se sentó junto a mí.

—Esto es más difícil que llevar una empresa. —admitió pasando una mano por su rostro.

— ¿Te estás quejando?

—Para nada, solo lo mencionaba. — aunque estaba cansado no apartaba la sonrisa de su rostro.

Solo le agradecí por permanecer junto a mí y apoyé mi cabeza en su hombro. Cuando desperté un par de horas después me encontré en mi cama arropada y en ese instante la puerta se estaba abriendo con mucho cuidado, no pude evitar sonreír al ver a Edward que entraba sigilosamente con una bandeja con mi desayuno.

—Hola de nuevo. —le dije moviéndome tan rápido como podía, ya que aún llevaba los puntos que eran un tanto molestos.

—Hola. —dejo la bandeja en la mesita de noche, me ayudó a sentarme y acomodó los almohadones para que me apoyara en ellos. — ¿Descansaste?

—No supe cuando me quede dormida. — le di un sorbo a mi jugo.

—Yo también dormí un rato, pero después llegó Annett recordándome que había prometido llevarla con Charlie al establo. — le ofrecí un trozo de manzana que rechazó.

Seguimos hablando mientras yo desayunaba, esperó hasta que me di una ducha y mientras yo me colocaba un poco de crema en el rostro él tomó mi cepillo y comenzó a desenredar el cabello de una manera suave. Lo miré a través del espejo pero él parecía no notarlo.

— ¿Qué haces? —le pregunté curiosa haciéndolo sonreír.

—Me encanta tu cabello, siempre ha sido tan suave y huele tan bien.

Antes de que pudiera protestar escuchamos un llanto y sabíamos que solo eran segundos antes de que se escuchara otro más. Me levanté con su ayuda y fuimos a la habitación donde estaban dos pequeños llorando como si la vida se les fuera en ello. Los cambiamos ya que estaban mojados y alimenté a Eddie que era el más demandante. Mientras lo hacía vi a Edward que mantenía en sus brazos a Anthony y le hablaba muy bajito para que solo él lo escuchara. Me gustaba ver la manera en que interactuaba con los bebés, había perdido el miedo, ya los abrazaba con mayor seguridad y había escuchado más de una vez como presumía de ellos: era un padre orgulloso.

Cuando volvieron a dormir le pedí que me acompañara a caminar un poco ya que deseaba un poco de aire fresco. Me acompañó rodeando mi cintura con su brazo acción a la que no me opuse ya que me ayudaba a no tropezar, llegamos hasta la valla de madera y ahí vimos a mi padre montado en su caballo y Annett en su poni junto a él.

—Ann está feliz aquí.

—Aprendió rápido a cabalgar. Mi padre parece estar recordando viejos tiempos. —apoyé mi barbilla en la valla y recordé a mi padre cuando me estaba enseñando y me llevaba con él a recorrer los alrededores.

— ¿Cuándo pensabas llamarnos? —me giré para encontrarme con Leah que estaba fingiendo estar enfadada pero que me sonrió y me abrazó con cuidado, sobre su hombro vi a Jacob y Demetri que tenían las manos llenas con obsequios.

— ¿Cómo lo supieron? —pregunté soltando a mi amiga y acercándome a Jacob y finalmente a Demetri.

—Supe que ya estarías en días, así que llamé a Renee para preguntar cuando sería el parto y me sorprendió diciéndome que ya habían llegado. Y tú, mala amiga, no nos avisaste.

— ¡Es una locura! —dije a mi defensa. —Apenas estoy acostumbrándome a esta nueva etapa, alimentarlos, cambiarlos, cuidarlos, mimarlos es demandante, pero la tarea más hermosa.

—Pero es seguro que esos pequeños son muy afortunados. —murmuro Demetri que paso un brazo por mis hombros dándole la espalda a Edward.

— ¿Quieren conocerlos cuando son unos angelitos? —pregunté.

— ¡Claro! —exclamaron los tres. Demetri dio un par de pasos muy rápidos lo que provocó un tironcito que me hizo protestar.

—Cuidado, ella no puede andar rápidamente. —gruñó Edward llegando junto a mí. — ¿No te hiciste daño?

—Y ahora resulta que te preocupas de ella cuando la…

—Basta chicos. —miré a mis amigos y a Edward que estaban lanzándose miradas de odio y amenazas de muerte. —Edward es el padre de mis bebés y acepté que estuviera cerca de ellos por lo que espero que ustedes también.

— ¿Estás loca? —gruñó Jacob. — Se que tienes un enorme corazón Bella, pero después de lo que te hizo no deberías de permitirlo. Ha demostrado que no es un buen hombre y mucho menos será un buen padre.

Me aferré al brazo de Edward para evitar que se moviera y se abalanzara contra mi amigo.

—Esta decisión es mía y agradeceré que la acepten. Sé que creerán que de nuevo estoy tomando una mala decisión, ¿pero no creen que de ser así mis padres ya lo hubieran echado del lugar? — fueron las palabras mágicas ya que el ambiente se relajó y la tensión comenzó a desvanecerse.

—Creo que tendremos que soportarlo. —murmuró Jacob ganándose una mirada severa de mi parte.

—Pero cuidado con lo que haces. —lo advirtió Demetri. —Al primer acto estúpido que hagas o que lastimes a esta hermosa mujer me encargaré de que jamás puedas acercarte a los niños y mucho menos a ella. Puede que tengas contactos importantes pero no más que un directivo del FBI.

Tras esas palabras dio media vuelta y con él se llevó a mis otros dos amigos que se dirigieron rumbo a la casa. Me coloqué delante de Edward que estaba tenso apretando los puños y la mandíbula. Acuné su rostro obligándolo a que me mirara.

—Ellos solo me cuidan y no puedes culparlos por eso. —Gruñó poniéndose aún más tenso. — Pensé que estabas cambiando pero si te preocupan sus amenazas creo que aún no eres honesto.

—Estoy cambiando porque los quiero, a los tres, conmigo, son importantes para mí. —dijo mirándome a los ojos dejando de lado la furia y me envolvió en sus brazos. — La única que debe de estar convencida eres tú y no ellos, pueden tener todas las influencias que quieran pero yo no daré pie a que las utilicen. Se como es la vida sin ti y ahora también están nuestros hijos por los que haré hasta lo imposible.

—Lindas palabras…—dije con un tanto de ironía que supe él había notado. —Lástima que aún no pueda creer en ellas.

Ahora era mi momento de probar si era verdad que había cambiado, pero primero debía de idear un buen plan para comprobarlo. Pero esta vez sería yo quien dictaría las normas.

Llevé a mis amigos a la habitación de los bebés advirtiéndoles de que no hicieran mucho ruido para que no los despertaran o haría que fueran ellos quienes los durmieran. Al entrar se acercaron sigilosamente a las cunas para ver a los bebés que dormían tranquilamente. Leah fue la primera en decir que eran preciosos seguida por mis amigos, Edward que se había mantenido en la puerta vigilando que ninguno incomodara a sus pequeñines sonrió con orgullo al escuchar las palabras de mis amigos.

Antes de que hicieran ruido los saqué de la habitación y los llevé a la cocina donde mi mamá estaba preparando un refrigerio. Al sentarnos en la mesa Demetri se aclaró la garganta.

—Bella, hay algo que quiero proponerte. —enarqué una ceja mientras mordía una manzana.

—Pensé que esta era solo una visita de amigos y no un asunto de negocios.

—Pero para que desaprovechar la oportunidad. — bebió un poco de jugo y dejó el vaso sobre la mesa —Tu renuncia fue la perdida más grande de la agencia, por lo que nos gustaría que regresaras.



Gracias a mis betas: Andrea y Claudia que se toman el tiempo de corregir mis horrores de ortografía y de redacción.

2 comentarios:

  1. YEHA! Esta es mi parte favorita de las historias o libros que leo cuando todo se soluciona o se complica y la adrenalina aumenta :3

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bueno Clau digamos que aun te esperan algunas sorpresitas. Gracias por seguir leyendo y comentando =)

      Saludos!

      Eliminar

Playlist